miércoles, 26 de agosto de 2026

Las EDES (Edenorte, Edesur y Edeeste) bajo la lupa por denuncias de usuarios y contratistas

 NDIGITALCOTUI

Hay problemas que uno escucha tantas veces que termina preguntándose si realmente alguien está prestando atención. Eso está pasando con las denuncias sobre determinadas prácticas en el sistema de distribución eléctrica, especialmente en el trabajo de campo que realizan empresas contratistas.

El Gobierno tiene bajo su responsabilidad la distribución de la energía eléctrica, pero buena parte de las labores de instalación, revisión y supervisión se ejecutan a través de contratistas. Son sus trabajadores quienes llegan a los barrios, entran en contacto con los usuarios y, en muchos casos, tienen la última palabra sobre una conexión, una reclamación o una supuesta irregularidad.

Y ahí es donde está el problema.

Desde hace meses se escuchan denuncias en medios de comunicación y redes sociales sobre trabajadores que, presuntamente, realizan conexiones clandestinas o cobran grandes cantidades de dinero para resolver situaciones que deberían manejarse por los canales oficiales.

No estoy diciendo que todos los trabajadores de campo de los contratistas sean corruptos. Sería una injusticia y una irresponsabilidad afirmarlo. Pero tampoco podemos hacernos los sordos ante tantas denuncias que vienen de ciudadanos comunes, personas que muchas veces no tienen otra herramienta que contar públicamente lo que les ocurre.

El asunto se vuelve todavía más preocupante cuando aparecen facturas que el usuario considera inexplicables. Hay personas que aseguran haber recibido montos muy superiores a los habituales, que superan la lógica, incluso en momentos en que han sufrido interrupciones frecuentes del servicio.

Entonces comienza el calvario.

El ciudadano va a la oficina de la distribuidora, presenta su reclamación y espera que alguien revise el caso. La queja termina en manos de personal de campo que debe comprobar el consumo o las condiciones del servicio.

Y aquí aparece una pregunta que no podemos seguir esquivando: ¿quién supervisa al supervisor?

Porque si la misma estructura que debe detectar las irregularidades es la que termina investigándolas, el usuario puede quedar atrapado en un círculo del que parece imposible salir.

Cuando la reclamación es rechazada, muchos recurren a PROTECOM buscando una respuesta. Pero si allí tampoco encuentran solución, queda una sensación terrible: la de que nadie está realmente del lado del ciudadano.

Eso es lo más peligroso de todo.

 No solo se afecta al usuario. También se perjudica la imagen del Gobierno y de las distribuidoras. El ciudadano no anda preguntando si quien lo atendió pertenece a la empresa pública o a una contratista. Para él, todos forman parte del mismo sistema.

Por eso hace falta una investigación seria. Sin persecuciones, pero también sin complicidades. Revisar contratos, procedimientos, conexiones, facturaciones, reclamaciones rechazadas y, sobre todo, la actuación de quienes trabajan directamente en las calles.

La electricidad no es un lujo. Es un servicio esencial y el ciudadano tiene derecho a recibirlo y a reclamar cuando considera que algo no está bien, en especial en una nación en donde los salarios son de miseria y la clase media anda desesperada por el aumento de costo de la vida.

Si las denuncias son falsas, que se demuestre. Pero si existe corrupción y falta de atención a las quejas de los clientes, que se investigue y se castigue.

Porque no hay nada más peligroso para una institución que un ciudadano convencido de que reclamar no sirve de nada.

 

viernes, 21 de agosto de 2026

Los debates: ¿soluciones o puro marketing político?

 Los debates: ¿soluciones o puro marketing político?

NDIGITALCOTUI, RD. A estas alturas, resulta difícil sostener que la República Dominicana no sabe cuáles son sus principales problemas. La mayoría están identificados, estudiados y discutidos desde hace años. Lo que muchas veces ha faltado no es diagnóstico, sino voluntad para tomar decisiones y capacidad para construir los acuerdos necesarios.

Hay problemas que podrían resolverse con recursos relativamente modestos, pero que requieren organización, seguimiento y, sobre todo, decisión. Otros necesitan cambios legales importantes, como ocurre con la Seguridad Social, donde chocan intereses empresariales, financieros y sociales.

También hay soluciones que sencillamente requieren dinero. Y ahí aparece una de las grandes limitaciones del Estado: un presupuesto con un déficit que supera los RD$200 mil millones desde hace más de una década.

Todos los sectores políticos saben que el país necesita una reforma fiscal. El problema es que casi nadie quiere pagar el costo político de impulsarla. Y cuando un gobierno intenta hacerlo, la oposición encuentra razones para rechazarla y convertirla en un arma política. Lo curioso es que muchas veces quienes se oponen desde la oposición podrían defenderla cuando les corresponda gobernar.

Por eso, cuando observo algunos de estos debates, tengo la impresión de que estamos viendo más marketing político que búsqueda real de soluciones. Mucha exposición, buenos discursos y propuestas atractivas, pero poca disposición para asumir los costos de las decisiones difíciles.

La República Dominicana no necesita seguir descubriendo sus problemas. Necesita dirigentes capaces de ponerse de acuerdo, tomar decisiones y asumir el costo político de hacer lo que realmente necesita el país.

jueves, 6 de agosto de 2026

Jarabe para los danilistas

 La caída del gobierno de Danilo Medina (2018-2019)

Hay momentos en la política en los que el desgaste no ocurre de un día para otro. Se va acumulando lentamente, casi sin hacer ruido, hasta que termina reflejándose en la opinión pública y, finalmente, en las urnas. Eso fue precisamente lo que ocurrió en la República Dominicana entre 2018 y 2019.

Para entonces, el gobierno de Danilo Medina todavía exhibía importantes logros en áreas como la infraestructura, la educación y la seguridad ciudadana. El presidente seguía siendo una de las figuras mejor valoradas del escenario político, pero esa fortaleza ya no alcanzaba para proteger la imagen de muchos de sus principales colaboradores.

Las encuestas, los estudios de opinión y el ambiente que se respiraba en los medios de comunicación mostraban una realidad que iba ganando terreno: la confianza en el gabinete comenzaba a deteriorarse.

Percepción sobre los funcionarios verso Danilo

Uno de los aspectos más llamativos de ese período fue la diferencia entre la valoración del presidente y la de sus funcionarios.

Mientras Danilo Medina conservaba una imagen de cercanía con amplios sectores de la población gracias a iniciativas como las visitas sorpresa y al reconocimiento de programas como el Sistema Nacional de Atención a Emergencias 9-1-1, muchos ministros y altos funcionarios eran percibidos como figuras distantes, poco accesibles y desconectadas de las preocupaciones cotidianas de la ciudadanía.

En numerosos estudios de opinión aparecía una crítica recurrente: el gobierno parecía haberse vuelto una estructura demasiado cerrada, con escasa capacidad para renovarse y responder al creciente reclamo de mayor transparencia.

 

El centro del debate: La corrupción

Si hubo un tema que marcó la conversación nacional durante esos años fue la corrupción.

Las repercusiones del caso Odebrecht, sumadas a otros cuestionamientos sobre el manejo de instituciones públicas, alimentaron una percepción de desconfianza que terminó afectando al conjunto de la administración.

El Barómetro de las Américas (LAPOP) correspondiente al período 2018-2019 reflejaba que una parte importante de la población consideraba que la corrupción era un problema ampliamente extendido en el Estado. A ello se sumaban diversos estudios nacionales que mostraban niveles muy bajos de confianza hacia la clase política y hacia quienes ocupaban posiciones de poder.

Más que los expedientes judiciales en sí, lo que parecía consolidarse era la sensación de que las investigaciones rara vez llegaban hasta las más altas esferas del gobierno, fortaleciendo la percepción de impunidad.

El mismo anillo

Mirando aquellos acontecimientos con la perspectiva que ofrece el tiempo, resulta claro que el deterioro de la imagen del gobierno no estuvo asociado exclusivamente al comportamiento de la economía ni a la ejecución de obras públicas.

Lo que comenzó a cambiar fue la percepción sobre la forma de ejercer el poder. Para muchos ciudadanos, el principal problema ya no era únicamente la gestión gubernamental, sino la permanencia de un mismo grupo dirigente, la falta de renovación y las crecientes dudas sobre la transparencia en el ejercicio de la administración pública.

Aunque varias políticas gubernamentales continuaban siendo bien valoradas, esos logros fueron perdiendo capacidad para contrarrestar el desgaste político que se acumulaba.

Ese clima de opinión terminó creando las condiciones para una alternancia que, meses después, se materializaría en las elecciones de 2020. Más que un cambio repentino, fue el desenlace de un proceso de desgaste que venía gestándose desde varios años atrás y que encontró en el período 2018-2019 uno de sus momentos decisivos.