jueves, 6 de agosto de 2026

Jarabe para los danilistas

 La caída del gobierno de Danilo Medina (2018-2019)

Hay momentos en la política en los que el desgaste no ocurre de un día para otro. Se va acumulando lentamente, casi sin hacer ruido, hasta que termina reflejándose en la opinión pública y, finalmente, en las urnas. Eso fue precisamente lo que ocurrió en la República Dominicana entre 2018 y 2019.

Para entonces, el gobierno de Danilo Medina todavía exhibía importantes logros en áreas como la infraestructura, la educación y la seguridad ciudadana. El presidente seguía siendo una de las figuras mejor valoradas del escenario político, pero esa fortaleza ya no alcanzaba para proteger la imagen de muchos de sus principales colaboradores.

Las encuestas, los estudios de opinión y el ambiente que se respiraba en los medios de comunicación mostraban una realidad que iba ganando terreno: la confianza en el gabinete comenzaba a deteriorarse.

Percepción sobre los funcionarios verso Danilo

Uno de los aspectos más llamativos de ese período fue la diferencia entre la valoración del presidente y la de sus funcionarios.

Mientras Danilo Medina conservaba una imagen de cercanía con amplios sectores de la población gracias a iniciativas como las visitas sorpresa y al reconocimiento de programas como el Sistema Nacional de Atención a Emergencias 9-1-1, muchos ministros y altos funcionarios eran percibidos como figuras distantes, poco accesibles y desconectadas de las preocupaciones cotidianas de la ciudadanía.

En numerosos estudios de opinión aparecía una crítica recurrente: el gobierno parecía haberse vuelto una estructura demasiado cerrada, con escasa capacidad para renovarse y responder al creciente reclamo de mayor transparencia.

 

El centro del debate: La corrupción

Si hubo un tema que marcó la conversación nacional durante esos años fue la corrupción.

Las repercusiones del caso Odebrecht, sumadas a otros cuestionamientos sobre el manejo de instituciones públicas, alimentaron una percepción de desconfianza que terminó afectando al conjunto de la administración.

El Barómetro de las Américas (LAPOP) correspondiente al período 2018-2019 reflejaba que una parte importante de la población consideraba que la corrupción era un problema ampliamente extendido en el Estado. A ello se sumaban diversos estudios nacionales que mostraban niveles muy bajos de confianza hacia la clase política y hacia quienes ocupaban posiciones de poder.

Más que los expedientes judiciales en sí, lo que parecía consolidarse era la sensación de que las investigaciones rara vez llegaban hasta las más altas esferas del gobierno, fortaleciendo la percepción de impunidad.

El mismo anillo

Mirando aquellos acontecimientos con la perspectiva que ofrece el tiempo, resulta claro que el deterioro de la imagen del gobierno no estuvo asociado exclusivamente al comportamiento de la economía ni a la ejecución de obras públicas.

Lo que comenzó a cambiar fue la percepción sobre la forma de ejercer el poder. Para muchos ciudadanos, el principal problema ya no era únicamente la gestión gubernamental, sino la permanencia de un mismo grupo dirigente, la falta de renovación y las crecientes dudas sobre la transparencia en el ejercicio de la administración pública.

Aunque varias políticas gubernamentales continuaban siendo bien valoradas, esos logros fueron perdiendo capacidad para contrarrestar el desgaste político que se acumulaba.

Ese clima de opinión terminó creando las condiciones para una alternancia que, meses después, se materializaría en las elecciones de 2020. Más que un cambio repentino, fue el desenlace de un proceso de desgaste que venía gestándose desde varios años atrás y que encontró en el período 2018-2019 uno de sus momentos decisivos.